sábado, 8 de junio de 2013

La premonición

Hubo un momento durante la noche que me desperté sobresaltada. Sentí fuertemente esa sensación, de que algo estaba pasando dentro de mi cuerpo y que no era habitual.

Cuando me hube dado cuenta de que aquello no era un sueño, caí en la cuenta de que lo que me estaba sucediendo era una premonición. Era una certeza casi absoluta, disminuido sólo en parte por la circunstancia ocasional que daba la medida del tiempo, el transcurrido desde el último encuentro amoroso  a la semana siguiente a éste. Lo cual, para cualquier persona normal, eso significaba una conducta persecuta, atribuida usualmente a las mujeres en edad fértil y ante estas probables circunstancias.

Pero eso no me preocupaba en absoluto. Lo mío era una certeza demoledora, y no tardé muchos segundos en despertar a mi compañero para transmitírselo. Y como era de esperar, el susodicho respondió como una persona normal, que para el caso se agradece, atribuyéndome la típica conducta persecuta, esperada de una mujer como yo. Poco tiempo después, me confesó que él internamente también lo presentía, pero que no había querido manifestarlo en aquel preciso momento, para no preocuparme. Sabia decisión, aunque a mí, poco o nada me sirviese ese favor.

Semanas más, semanas menos, al fin, y sólo por jugar o cumplir un rito de autoconfirmación, fuimos a por aquel artilugio de las rayitas coloradas, (algunas ahora vienen de color azul, incluso las he visto rosa, un primor!, aunque las que andaba buscando no las conseguí, esas que te dicen de una, SÍ o NO)

Un trámite. Nada en mí se manifestó diferente o se sobresaltó al ver lo que ya había presentido dentro de mí, desde aquella madrugada.

El sentimiento en cambio fue de una gran paz. Primero pensé, qué bien, aún estoy en el juego. Luego, qué bien, ahora a esperar los tres primeros meses; porque en esta pareja esuvimos de acuerdo que allí no hay nadie hasta después de esa fecha, sólo un proyecto de vida, una iniciativa, una propuesta.

Y luego lo de siempre, planear la primera cita al médico para confirmar lo que me decía el artilugio, y no dormir por las siguientes dos noches. Claro, estaba deliberando acerca de lo que pasaría si acaso pasara, pues acababa de llegar a un nuevo país, desde otro también extraño, con la idea puesta en buscarme la vida, por mi cuenta y con mi propio peso. Este último, pequeño detalle, se estaba volviendo con las horas de la madrugada cada vez más pesado. Esto, luego pude comprobar, fue una patraña de pensamiento, pues, primero que todo, el peso se fue perdiendo los siguientes tres meses, debido a un estado de malestar muy común y repulsivo en mujeres que pasan por lo mismo, y segundo, lo de acabar de llegar no sumaba ni restaba, sólo era una circunstancia más, una observación descriptiva y exagerada a la hora de dar excusas y opiniones.

En definitiva, que elegí un médico de los disponibles en el sitio web de la clínica más renombrada de la ciudad, y menudo renombre. Pero este es otro tema digno de tratar, y merece un relato aparte.