lunes, 1 de julio de 2013

Maniática de las palabras


Cuando escribo este blog, cuento sin que él se dé demasiado cuenta, con la colaboración desinteresada de mi querido compañero y constructor de sueños.

El renombrado constructor es un diccionario andante. Mucha gente que me conoce bien, sabe que suelo tener problemas para recordar palabras de lo más normales y cotidianas, como garbanzos, y otra que ya se me olvidó; por alguna extraña razón tengo bloqueos mentales para cierto tipo de sonidos. Sin embargo, me salen con naturalidad palabras en desuso o poco utilizadas. Pero este señor, el constructor de sueños, es además un hábil recordador y utilizador de palabras de todo tipo, sus sinónimos y sus antónimos, parónimos, homónimos y derivados, así como sus correspondientes definiciones. Es tan habilidoso con la dialéctica, que cuando le pido que me explique la diferencia o me describa una definición, no se limita a decir un ejemplo, sino la definición misma, comenzando su comentario con palabras al estilo de "dícese de...". Memorable.


Tal vez por este mecanismo de acudir a mi diccionario humano, es que he recalado en la bahía de la comodidad y vagancia mental. Esto es una hipótesis válida; aunque si fuera así, eso debiera sucederme con todo tipo de palabras, y no es el caso.

Todo este malabarismo intelectual sirve de marco de explicación para la conducta siguiente. Me fascina jugar con las palabras, soy una "friki" de las palabras, y me encanta la ciencia del origen de las palabras: la etimología. Y como con cada cosa nueva o inexplicable que me sucede en la vida, suelo recurrir a ella para explicar el sentido de las cosas. Al menos el origen del sentido de las cosas, y luego la cultura, los gestos y demás herramientas del discurso se encargan del resto del análisis.

Cuando ya todos los indicios caseros y médicos me dieron la confirmación de que efectivamente estaba embarazada, una de las primeras cosas que atiné a hacer dentro de mi mente es encontrar el sentido de las palabras embrión y feto. Esto sucedió por dos motivos: como técnicamente no es un bebé, y a mí no me gustaba decir "estoy embarazada" durante los primeros tres meses, quería encontrar la palabra correcta para nombrarlo. Sucedió que para la mayoría de la gente no quedaba del todo bien decir "estoy embrionazada" o peor aún, "estoy enfetada". Así que aprendiendo la diferencia etimológica entre embrión y feto, decidí reservar esas palabras para mi comunicación con mi médica, en todo caso, con toda persona del mismo ambiente de bata blanca.


El segundo motivo viene a colación del anterior, y es que simplemente el nuevo estado comenzó a resultarme interesante y productivo. No sólo estaba aprendiendo la diferencia y la correcta utilización de ciertas palabras, sino también cómo las conductas de las personas pueden resultar apropiadas o inapropiadas según otros contextos culturales, donde poco tiene que ver la etimología, pero sí las palabras en sí mismas. Esto me sucedía cuando yo decía, por ejemplo, el feto...tal cosa, el embrión tal otra. Algunas personas se animaron y me dijeron que no le llame con ese nombre, ¡pobre bebé!. Y yo al principio les replicaba que técnicamente era un embrión, o un feto según el caso. Pero no resultaba.

Así que para mis conversaciones con el resto de los mortales que no suelen usar la bata blanca, comencé a utilizar palabras inventadas o traídas de otro contexto. Es el caso de cuando lo llamaba "el asunto", en referencia al subject de los mails, o cuando le decía "chunchita". Chunchita deviene de chunche, chunche es una palabra inventada de la jerga costarricence, que por haber vivido tres años en Costa Rica la adopté como propia, pues me resulta simpática. Suele ser usada para designar casi cualquier cosa, pero normalmente se usa para nombrar "una cosita" o "un cosito" del cual no nos acordamos bien el nombre o no tiene nombre definido.

Teniendo en cuenta mi ya comentada dificultad para recordar el nombre de ciertas cosas, a mí la palabra chunche me ha encajado como anillo al dedo, y me ha resultado especialmente útil para esta nueva etapa de mi vida. Al menos, hasta tanto podamos verle al asunto o a chunchita lo que esconde entre las piernas, y nos permita de ese modo comenzar a llamarle con un nombre de verdad, de esos que llevan las personas de verdad.